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lunes, 10 de noviembre de 2014

Sudestada (Iniciativa Relato Argento)




El cielo se vuelve más espeso con el paso de los minutos. La luz del día se va apagando como una vela agonizante, convirtiendo, temprano, a la tarde en noche. Las plantas y los ladrillos del tapial van tomando un color lleno de misticismo, se reavivan a pesar del gris cada vez más oscuro, como si le robaran la vida y el resplandor al día que hasta no hacía mucho lucía sol y calor. La humedad se siente, más pesada, y de pronto una ráfaga de viento sacude los árboles, enloquece a sus hojas, y un chimango pega un chillido, confirmando que está llegando lo que ya anunciaban todos: la sudestada. Seguramente dos días pasarán hasta que la sudestada se canse y se vuelva a su río que es su casa, al río de plata y color de tigre. Mientras tanto, hará de las suyas con su amigo el viento aullador, que se colará por todas mis puertas y ventanas, y con su amiga la lluvia, que llorará día y noche sin parar, a veces con penas más fuertes, a veces con penas más pequeñas.
La sudestada ha llegado, anegando puertos, invadiendo calles, llevándose todo lo que ve y no le gusta. Yo la miro desde la ventana, espiando su mundo que sólo durará días, respirando ese gris que lleva tan dentro, el único gris que me gusta. Tiemblo de frío y abrazo con los dedos la madera tibia del mate que intenta endulzarme el alma con su amargura, vaya paradoja. Quiere arrancarme de la tristeza placentera que me da la sudestada, otra paradoja. Tranquilo, compañero de interminables soledades, consuelo argentino silencioso. Esto durará poco y, como siempre y después de cada sudestada, saldrá el sol. Él lo entiende y se queda ahí, también mirando por la ventana cómo el pequeño paisaje de nuestro pueblo se mueve y se empapa, cómo nuevos ruidos llenan nuestra casa.

Sólo dos días durará, por suerte y por desgracia, esta bendición y esta maldición, esta sudestada. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Correspondencia Ajena II








¡Hola! La verdad es que hacía mucho tiempo que no me dedicaba a “Correspondencia Ajena” (de hecho, sólo hice una. Sí, soy mala alumna). Así que aquí dejo la segunda carta. Si desean participar, sólo entren al banner que está al pie del blog y tendrán más info.



Emisor: Un soldado que marcha a la guerra. Destinatario: a elegir.



Buenos días, abuelo.
Hoy salgo para Puerto Argentino, y como no me dejan viajar hasta el pueblo, llamé a mamá por teléfono y Ana, que vive acá, vino a despedirme, pero como vos no tenés teléfono (¿ves que sirve tenerlo? No seas renegado y pedí una línea) no te puedo llamar, así que te mando una carta, que espero llegue rápido.
No sé bien de qué se trata esto, mucho no nos explicaron, pero desde ayer, que nos avisaron que íbamos a las islas, pensé mucho en vos. Unos dicen que esto es una joda, que vamos a ir por una semana y listo, y otros dicen que no, que lo que se viene es algo bravo, y eso me da mucho miedo. Ya sé que soy cobarde, no tendría que decir que tengo miedo, vos mismo me lo enseñaste, pero qué se yo, tenía la esperanza de terminar el servicio militar en unos poquitos meses, y ahora pasa esto…La verdad, no me lo esperaba, será por eso, porque me agarra de sorpresa, que siento esto.  Por eso pienso en vos. Abuelo, vos te escapaste de la guerra, yo me acuerdo de lo que contabas en la sobremesa de los domingos, te las viste muy jodidas cuando venían los alemanes y te salvaste por poco hasta que te pudiste subirte a un barco vestido de mujer y llegaste acá. ¡Já! ¡Vestido de mujer!
Dicen que soldado que huye sirve para otra guerra, yo le agregaría que si no sirve él, sirve el nieto…¿A vos te pasó igual que a mí? Porque no soy capaz de imaginarte con miedo, para mí sos un tipo fuerte que no sabe lo que es temblar. Decime abuelo, decime qué se siente estar ahí, si pasan muchos días, ¿qué se hace? Dicen que en Malvinas hace mucho frío, y más ahora que se viene el invierno…Ojalá que dure una semanita, como dicen los chicos de acá…O que me pueda escapar vestido de mujer. Ojalá no me pase lo mismo que a vos.
Deseame suerte, y espero que me puedas contestar.
Te quiero, viejito.
Julián.

1/4/1982.


domingo, 17 de agosto de 2014

Las castañuelas mágicas






¡Buen domingo para todos! La entrada de hoy sería un agradecimiento a Ro y su blog Recordando mis libros por haberme nominado al premio Dardos, pero como estoy sin internet (estoy publicando esto haciendo tethering con el teléfono celular, algo muy penoso lo mío) y quería actualizar sí o sí, opté por publicar un cuento mío, que escribí hace un tiempo, cuando comencé a bailar flamenco, algo que no me imaginaba ni remotamente que iba a hacer algún día en mi vida. 
Espero que les guste, y cuando tenga una conexión decente, publicaré mis nominados. 





Las castañuelas mágicas



Érase una vez una pequeña bailaora, que según las comadres, había nacido cantando y no llorando, y que antes de caminar, ya zapateaba.
La bailaora era pobre, su familia era pobre, su pueblo era pobre, pero ella no lo sabía, nadie se lo había dicho nunca.
Un día llegó al pueblo un mercader que vendía pomadas, lociones, tónicos, y en su carro se anunciaba, con letras doradas, que allí también se vendían “elementos mágicos”. El mercader los exhibía, a los gritos, sobre una mesa  cubierta con un paño verde. Entre los elementos mágicos había elixires para el amor y el desamor, pócimas que hacían crecer el cabello en un día y medio, perfuminas para espantar pretendientes feos, y para atraer a los lindos, polvos para amansar suegras, e instrumentos musicales. Eran pocos: una guitarrita que tocaba todos los ritmos, dos tamborcitos con el que nunca se cansaban de tocar sus ejecutantes, tres flautas dulces que imitaban el canto de los pájaros, y un par de castañuelas, que parecían de oro.
La pequeña bailaora las vio y se prendó de ellas, que fuera de su estuche, parecían no acaparar la atención de ninguno de los niños que rodeaban a la pequeña, ya que estaban entretenidos con los tamborcitos o las flautas.
“Tócanos, tócanos” dijeron las castañuelas.
Estiró su manita, ya iba a tocar su brillante superficie dorada, cuando un palito, el mercader le golpeó con suavidad los dedos.
–Se mira y no se toca. –la reprendió, y continuó con sus gritos vendedores.
–Pero…quiero tocarlas.
–Tócanos, tócanos.
–¿Tienes dinero? Son castañuelas mágicas, costosas. Mira, de la mejor madera y lustradas a tope. ¿Tienes dinero? –repitió.
–Tengo esto. –mostró su mano abierta con dos monedas.
El mercader rió.
–Con eso no compras ni un dulce.
La niña bajó la cabeza, no tenía más que esas monedas, y para ella valían mucho. Por primera vez, supo que era pobre.
Iba a darse la vuelta para volver a su casa, cuando levantó la vista, desafiante, mirando al hombre. No se rendiría tan rápido, su abuela siempre se lo decía.
–Tócanos, tócanos. –las oyó.
–Las quiero. Ellas me lo piden.
El mercader frunció el ceño, carraspeó, miró las castañuelas. Colgadas de la manta verde por sus dorados cordones, se movieron imperceptiblemente, pero lo suficiente para hacer un chasquido. Sin dejar de mirarlas, el mercader asintió.
–Bien, esta noche habrá luna llena, estás con suerte niña. Vendrás aquí, a la medianoche.
–No puedo, mi madre…
–¿Las quieres? Te escapas. Pero ven preparada, tendrás que bailar. Si bailas, te las llevas.
–Qué fácil.
–No confíes tanto en tus pies y tus dedos…
Feliz, la pequeña bailaora volvió a su casa y esperó la noche. Rezó con su abuela, su madre la arropó, apagó la vela, la casa quedó en silencio. Con esfuerzo, logró que sus párpados no se cerraran, y cuando oyó las doce campanadas de la iglesia se escabulló gateando por la casa, y salió por una ventana entornada. Llegó a la plaza iluminada por la luna y allí vio el carro, dentro, una lucecilla. Se acercó y a través de la lona, se asomó el mercader.
–Diez minutos tarde. –bajó y le tendió una cajita de cristal, dentro, sobre una almohadilla de terciopelo rojo, brillaban las castañuelas.
Sin que le advirtiera, la niña apoyó con cuidado la cajita en el suelo y la abrió.
“Tócanos, tócanos” volvió a escuchar.
Enredó sus finos cordones entre sus pequeños dedos y las castañuelas efectuaron, solas, un repique. El mercader trató de que su sonrisa fuera cubierta por las sombras, para que la niña no lo viera.
–Ahora, baila.
–¿Qué bailo?
–Baila, demuestra que mereces esas castañuelas.
A la luz de la luna, en la plaza retumbaron los zapateos, las palmas, y las castañuelas, envolviendo la noche con un manto de bulerías, soleá, fandangos, alegrías…A pesar de que eran grandes para sus pequeñas manos, las castañuelas sonaban con energía.
–¡Bravo, bravo! –aplaudió el mercader, cuando vio que la niña estaba agotada, pero seguía bailando–Anda, llévatelas.
–¿De verdad? ¿Quiere decir que he bailado bien?
–Claro que sí, de hecho, no necesitas bailar para llevártelas. Dijiste que ellas te hablaron, significa que las pudiste escuchar. Y ellas no le hablan a cualquiera, y no cualquiera las oye. Son castañuelas mágicas, eligen a su dueño, saben quién las tratará como se merecen, quien sentirá con el alma cada toque que les arranquen. Si te hice venir aquí fue porque sabía que lo harías bien, y quería verlo. Ahora vete, debo seguir mi camino. Si las cuidas, con ellas llegarás lejos tú también.

El mercader no se equivocó. La pequeña bailaora creció para convertirse en una gran bailaora y con sus “castañuelas de oro”, recorrió el mundo. Nunca le reveló a nadie dónde había conseguido esas castañuelas, porqué nadie podía comprárselas, ni imitarlas, y porqué las cuidaba con su vida.

Muchos años después, en un lugar muy lejano de su pueblo natal, la bailaora del mundo murió, en su ley. Al camposanto la llevaron en un cortejo de flores, lágrimas y rasguidos de guitarras flamencas. Alguien guardó sus castañuelas en su caja de cristal y las ocultó en un cajón de la habitación de la bailaora, a la espera de un museo interesado en atesorarlas.

Esa misma noche, un mercader pasó por la calle, silbó una melodía extraña, y puertas y ventanas de la casa se abrieron con lentitud. Entró, revisó habitaciones, y encontró las castañuelas. Abrió su cajita, pero no decían nada. Asintió, sabía que estaban tristes.
–Ya encontrarán a alguien. –susurró.
Las guardó en un bolsillo, y silbó para que todo se cerrara.

Tiempo después, una medianoche, el mercader aplaudía a otra pequeña bailaora, que en una plaza desierta, hacía sonar el par de castañuelas a la luz de la luna.



domingo, 20 de julio de 2014

Eso es fracaso


Que tus días se llenen de culpas. Eso es fracaso.
Que también se llenen de inútiles explicaciones. Eso es fracaso.
Que no encuentres esas explicaciones. Eso es fracaso.
Que no sepas con qué cara mirar a la gente. Eso es fracaso.
Que no sepas con qué cara mirar a la gente porque la cara se te cae de vergüenza. Eso es fracaso.
Que te duela el pecho cuando lo recuerdas. Eso es fracaso.
Que no sientas el pecho. Eso es fracaso.
Que le des mil vueltas. Eso es fracaso.
Que lo dejes quieto. Eso es fracaso.
Que te preguntes “¿Por qué?”. Eso es fracaso.
Que te preguntes “¿Por qué no a mí?”. Eso es fracaso.
Que cada cosa te lo recuerde. Eso es fracaso.
Que no puedas dormir. Eso es fracaso.
Que cuando puedas, al fin, dormir, sueñes con lo mismo. Eso es fracaso.
Que ya no tengas fuerzas. Eso es fracaso.
Que las fuerzas que te brindan, no te importen. Eso es fracaso.
Que te sientas mal porque no te importen. Eso es fracaso.
Que la sensación de haberle fallado a todos sea terrible. Eso es fracaso.
Que la sensación de haberte fallado a ti mismo sea terrible. Eso es fracaso.
Que la vida ya no te acompañe. Eso es fracaso.
Que la idea de la muerte te acompañe. Eso es fracaso.




lunes, 7 de julio de 2014

Mi gran amor literario


Llegaste rápido, sin anunciarte, pateando mis puertas y mis fortalezas. Te miré cono al descuido, eras de lejos, y ese lejos tuyo no me interesaba. Pero hablaste, reíste, acariciaste con tus palabras mis mejillas, que no podían creer estar ruborizadas por primera vez.

lunes, 30 de junio de 2014

Dear Diary parte 2

¡Hola a todos!
Continuaré con la anterior entrada de “Dear Diary”. Para saber de qué se trata, pueden entrar aquí.
Vamos con dos diarios más.

Dear Diary IV.

“Un chico que buscaba su lugar en el mundo. Después de muchas desgracias, al final ha conseguido lo que quería.”



Querido diario:
                       Hoy es 30 de diciembre. Mañana termina este año en el que tantas cosas han pasado. No sé si calificarlo como bueno o malo, pero sí diré que fue…distinto. O especial. Muchos días transcurrieron desde que dejé mi casa armado de un sueño y mi guitarra. Pobrecita mi guitarra, que poco tiempo después falleció. Al igual que papá. Sé

lunes, 23 de junio de 2014

Dear Diary

Hola a todos, hoy les comparto mis contribuciones a Dear Diary, recuerden que pueden participar aquí:http://wonderwallpalace.blogspot.com.ar/2014/05/dear-diary-vii.html
Haré tres consignas juntas, ya que la iniciativa comenzó hace un tiempo y ya hay una lista de ellas, así no quedaré muy atrasada.
Comenzaré.

Dear Diary I
"Chica de veintiocho años  sentada en su habitación frente a un vestido blanco completamente destrozado"


Querido Diario:
                           De niña soñé con este día, lo sabes bien. También sabes cuántos preparativos, cuántas ilusiones he juntado dentro de mi corazón, cuántos sueños y anhelos. Sabes, porque tú eres el único que sabe todo de mí, cuánto amo a Robert. Pero las bonitas historias siempre

lunes, 7 de abril de 2014

Diario de un idiota - Entrada primera, segunda, y tercera.




20 de abril de 2012.

¡Holi! Bueno, nunca escribí porque eso no es lo mío, igual que los números, pero igual trabajo en esta empresa cuyo nombre no revelaré para que nadie sepa de las relaciones que se traban acá y nos echen a todos. Igual, esta computadora es la de mi escritorio, así que el jefe puede verla y…si, creo que fue una mala idea, pero ya está. Voy a empezar por mi nombre, soy Nicolás Enrique Gómez, pero no me digan Enrique que es nombre de viejo, más concretamente, de MI viejo. Soy Nico, nada más, el chico alto de ojitos claros.
El tema es que yo, que ya dije que nunca escribo, voy a llevar un diario acá, en el Word de esta computadora rasposa que tengo (si usted es el jefe y está leyendo esto, cómpreme una nueva) porque quiero escribir, por primera vez, un informe detallado de mis conquistas. Ya anduve con Mariel, las hermanas Silva (Silvia, Silvina, y Silvana), Andrea, Josefina, Alejandra, Norma, Evangelina, y no me acuerdo más. De todas ellas, no dejé pruebas escritas, pero ahora lo haré, porque acabo de enterarme que mañana aparece  una compañera nueva, y que está que…bueno, parte el piso. Y claro, es obvio que me la voy a levantar.
Mañana daré mi veredicto de si está tan buena como dicen.


21 de abril de 2012.
La nueva es lo más hermoso que vi. Se llama Julia, y ya sé que las Julias son peligrosas. Es castaña rojiza, si es que ese color existe, pálida, unos ojazos negros tremendos y un par de piernas que para qué te voy a contar. Le dieron el escritorio que está frente a mí, pero ya aparecieron los buitres, o sea, Daniel y Julián. Pobres bichos gordos, mirá que Julia les va a dar bola, por más café que le lleven.


22 de abril.

Hoy le llevé café a Julia. Dos veces. Me dijo gracias y nada más. Bien chiquita, te hacés la difícil, me gusta eso. Lo que me molesta un poco es que, siendo nueva, ya tenga más jerarquía que yo. Me siento un poco como las chicas, que ya le clavaron las garras, las muy envidiosas. Según el jefe es porque ella viene más capacitada, hizo un máster no sé dónde, pero todos le sospechan que se acuesta con él. Ojalá que no, aunque…estaría bueno robársela al jefe, ¿no?







"Diario de un idiota" será como una especie de novela en formato diario, que irá avanzando con la entrega de las diferentes entradas en el diario de Nicolás. Espero que les guste.  

jueves, 20 de marzo de 2014

Así te quiero

Nocturna, eres nocturna. Tu oscuridad bañada de estrellas,  un revoloteo helado desordenando mis pensamientos, un atardecer lento en tus ojos. Así te quiero.

Fría, eres fría. Me calas la piel, me nievas el pelo, soplas hielo desde tus alturas, entumeces con el agua de tus pies. Así te quiero.

Destemplada, eres destemplada. Primero me congelas, me empapas, me haces tiritar y después me regalas un arco iris. Me matas con tu calor abrasador, casi afiebrado, y cuando creo que ya no puedo más, otra vez me helas. Así te quiero.

Diversa, eres diversa. Tu boca árida de pronto se transforma en un vergel, tus ojos azules, de cielo límpido y lagos, las llanuras de tu vientre, liso, se chocan con los picos elevados de tus senos, enormes, que abarcan una inmensidad. Así te quiero.

Bella, eres bella. Lo tienes todo, locura y paz. Armonía y desencantos. Así te quiero.
Extraña, eres extraña. Me enloqueces y me tranquilizas, me transportas, me elevas, me traes aquí de vuelta. Así te quiero.

Misteriosa, eres misteriosa. Esa es tu cualidad más sublime. Encierras leyendas, tesoros, cosas que la naturaleza te dio y que no entiendo. Y te ríes, porque no las entiendo. Sí, misteriosa es tu mejor definición, porque es lo que resalta todas tus virtudes y tus defectos.  Y así nombro, así te recuerdo, así te extraño, así te siento.


Así te quiero, Patagonia.  


viernes, 14 de febrero de 2014

Luciana


Tenía siete años y la vida escolar me gustaba, pero no jugaba. Bueno, jugaba a veces, pero no tenía amigas. A veces con una, otras con otra o algún chico, y nada más. Todas tenían su grupito, menos yo. No es que me molestara demasiado, a esa edad creo que ni me daba cuenta.
Segundo grado era un poco complicado, no porque no entendiera o porque la maestra era mala, sino porque estaba en una edad de portarme mal, charlar todo el tiempo, agarrar cosas que no eran mías y no preguntar quién era el dueño…en fin, un pequeño desastre, aún más pequeño si lo comparo con los otros chicos.
Un día, alguien dijo que tendríamos compañera nueva. Fue una gran noticia pero lo fue más cuando supimos que venía de Córdoba. En ese entonces, Córdoba era un lugar súper lejano, era como si habláramos de Estados Unidos o Japón, por lo tanto, la ansiedad por ver a la compañera nueva era mucha. Cuando lo supe, también supe que esa chica nueva, de la que no conocía nada salvo su procedencia, sería mi amiga. No fue un capricho, sino que lo supe casi como una premonición.
Pero la compañera tardó bastante en entrar a la escuela, casi quince días, y eso, para un chico de siete años, es muchísimo.
Al fin, un día después del Día del Amigo, (o quizás dos días después) un lunes frío y lluvioso, de esos donde casi toda la mañana era de noche, la maestra anunció, ante el reducido número de alumnos a los que, a los empujones, sus madres habían levantado y mandado a la escuela, que la compañerita nueva había llegado.
Inconscientemente moví mi mochila del lugar de al lado, para dejar el asiento a la chica. Al fin entró,con una camperita verde con flores y un miedo que traspasaba las paredes. Si me parece verla…
La llamé con la mano para que se sentara a mi lado. Y nunca más nos separamos.
Luciana se convirtió, pocas horas después, en mi  amiga incondicional, en la hermana que nunca había tenido ni tuve. Ese día la paseé por la escuela, le mostré mi “asombroso” vaso plegable, usé sus marcadores que mi madre prohibía por se yo bastante desprolija para usarlos, y oí con atención la única instrucción que me dio su madre, que afuera del aula la esperaba: “Cuidala mucho”.
Y vaya si la cuidé. Siempre fue mi protegida, la cosita pequeña a la que nadie debía tocar, aunque a veces le hacía la vida imposible. Yo, con mi trauma de hija única, pretendía que ella hiciera lo que yo quería, y ella, por suerte, a veces me paraba el carro.
Pasaron los años, y juntas vivimos muchas cosas: muy buenas y muy malas, digamos que de las peores. Fue ella la que me sostuvo cuando una tarde de junio me derrumbé en lágrimas al tener la certeza que mi padre moriría en pocas horas, la que aguantó mi tristeza posterior, mis locuras y obsesiones que nadie podría haber aguantado. Me acompañó en la difícil tarea de crecer, con todo lo que eso implica. Yo también la acompañé, escuché una y otra vez las historias de sus amores frustrados, aunque hacer eso, comparado con lo que ella hacía, es nada.
Hoy sé que es feliz, aunque a veces me sienta celosa, y es lógico, porque siempre lo fui, aunque nunca lo digo porque sé que uno no tiene derecho a molestar con celos a la gente que quiere, y esto no lo digo para excusarme, no, no…  Yo la escucho, y ella me escucha, comprende hasta mis confesiones inconfesables sin salir huyendo, sino dando una palabra de aliento, un abrazo, o un simple “Ay María” cargado de reprimendas y comprensión.
Estamos grandes, pero también estamos chicas.

Hoy me pegó fuerte la melancolía, y no quería dejarla pasar sin regalarle estas palabras a ella, Luciana, mi amiga. Mi hermana. 

sábado, 25 de enero de 2014

Cuando se ama a otra flor.


La escuela y la vida eran muy aburridas para Gina pero las exigencias de las monjas y las tonterías de sus compañeras lo eran aún más. ¿A quién le importaba a cuántos centímetros sobre la rodilla debía ir la falda? ¿A quién le importaba el principio de Arquímedes o el análisis sintáctico? ¿O las letanías y oraciones en latín de la misa obligada del viernes? Pese a que nada de esto le interesaba, Gina estudiaba y estudiaba, su meta eran las mejores calificaciones.
Pero en los primeros días de noviembre comenzó a notar algo raro: cuando llegaba a esas ansiadas mejores calificaciones, se sentía vacía. Ni un solo conocimiento le quedaba en la cabeza, tenía horas perdidas en estudiar algo para que luego pintaran un “10” con rojo en alguna hoja de examen que quedaba olvidada. Su vida estaba dedicada a eso, a un número del que nadie se acordaba.
No tenía amigas en el colegio, sus compañeras sólo hablaban de muchachos y a ella, los muchachos la aburrían.  Un fiel ejemplo era su hermano y su amigotes, sucios, holgazanes, hablando de fútbol, coches y mujeres fáciles. ¿Eso les gustaba a sus compañeras? ¿Un sudado borracho y maleducado con las mujeres? No entendía. Prefería escribir y leer sobre botánica, la materia que la apasionaba. Las plantas y las flores eran su único amor.
Hasta que la profesora enfermó y luego de dos semanas de intensa búsqueda, las monjas encontraron una suplente, la señorita Smith. Cuando Gina la vio entrar al aula, supo que algo cambiaría, no sabía qué, pero lo daba por hecho. Sus compañeras, siempre ocupadas en otra cosa, seguramente no habían notado lo que ella sí.
Samantha Smith era joven, recién recibida pero con aspecto de mujer grande, con sus gruesos lentes de marco negro, su rodete que sujetaba con firmeza su cabello rubio y casi siempre vestía un abrigado traje marrón.
-Buenos días señoritas, mi nombre es Samantha Smith pero pueden, en secreto, llamarme Samantha, no me gusta el “profesora”, somos todas jóvenes.  Les impartiré la clase de botánica mientras la señora Gilmour esté enferma. Escriban la fecha, hoy es 14 de diciembre de 1956 y…
Gina ya no pudo seguir escuchando más. La voz de la profesora era dulce pero firme y sus gestos al hablar eran armoniosos. Sabía mucho, por vez primera tenía delante a una profesora que no dudaba sobre lo que hablaba.
Las clases continuaron, salvo en el receso por Navidad. Cuando volvió en enero al colegio, ya tenía descuidadas al resto de sus asignaturas: su día comenzaba y terminaba con botánica, a veces sacaba libros de la biblioteca y los leía bajo las mantas de la cama, alumbrándose con una linterna, cuidándose de que las monjas no la vieran.
No entendía porqué se sentía tan atraída por esa materia, sería porque admiraba a la señorita Smith y a sus conocimientos tan nuevos para ella.
Comenzó a enojarse con sus compañeras que no prestaban atención o molestaban en la clase de botánica, sus notas en las asignaturas restantes bajaron, y descubrió que su próxima y más importante meta era llegar a la universidad y estudiar botánica, ser como la profesora Smith.
Un día cubierto de nieve, en el que bostezaba en la clase de matemáticas, miró por la ventana y vio salir del colegio y dirigirse a su auto a la señorita Samantha. La vio abrocharse el abrigo con rapidez, ponerse unos guantes de piel, desatar su cabello para dejarlo caer, sacudiendo la cabeza, en una lluvia de bucles color oro, brillantes y suaves. Ante esa visión, Gina comprendió todo: no amaba la botánica, amaba a esa mujer.

Lo que siguió fue un fuerte sentimiento de culpa, la certeza de que iba a pudrirse en el infierno, el rechazo a ir a misa. Temió estar poseída, pero sería inútil confesarlo el viernes santo, el cura le contaría a la superiora y la expulsarían y ¿qué diría en su casa? Lo peor era que expulsarían a Samantha, y ella no quería perjudicarla.

Después de pasar con mucho dolor ese período, se sintió rebelde: estaba contenta, estaba descubriendo el amor de una forma muy distinta al resto de las chicas, una vez más sería original comparada con su compañeras, no amaba a tipos asquerosos, amaba a una mujer perfecta, delicada y sabia.
Su vida comenzó a tener sentido, ya no se encuadraba dentro del estudio, quería terminar para poder salir de ese colegio y ser libre de ataduras, se imaginaba viviendo con Samantha, escuchando sus lecciones día y noche, leyendo libros juntas, investigando plantas en el bosque…Luego sus pensamientos se convirtieron en algo más, que hasta a ella la sorprendió, soñaba que la besaba o que sentía su piel.
-Muy bien Gina, excelente tu trabajo.
-Gracias Samantha.
-Estoy armando un grupo de estudio con diferentes alumnos de escuelas, trabajamos sobre la botánica, hacemos pequeñas investigaciones…Es más que nada para que se relacionen con otros chicos y aprendan más. ¿Te gustaría participar? Es mi primer proyecto extraescolar…
-¡Claro que sí!
-Pediré permiso para que te dejen salir por la tarde, nos reunimos dos veces por semana en el laboratorio de un amigo mío.
Su sueño de estar más cerca de ella y por más tiempo se cumplía, no podía creerlo. Durante un mes, Samantha pasaba por el colegio, a las cuatro de la tarde los días martes y jueves y llevaba a Gina en su coche. El viaje era corto, y más aún para Gina. En el trayecto hablaban poco, Samantha era algo cortante y ella, tímida. Sí le había comentado que estaba aburrida en el colegio y Samantha la apoyó, diciendo que estaba en contra de los colegios así. Era la primera vez que oía a una profesora pronunciarse contra un colegio. Eso le dio esperanzas, quizás Samantha estaba enojada con  monjas y curas por no aceptar a las personas como eran. Quizás Samantha fuera igual a ella.

El grupo se disolvió poco tiempo después, los alumnos no tenían el suficiente tiempo para asistir. Gina se tuvo que conformar con sólo verla en la escuela, y fue por apenas unas semanas más, porque la profesora titular se recuperó y volvió, y Samantha se despidió de todas para desaparecer tal como había aparecido.
Juró que el día de su cumpleaños número dieciséis iría  a su casa y le contaría todo lo que le pasaba. Ya no aguantaba mas, toda su vida estaba ahora proyectada alrededor de esa mujer, y ella debía saberlo. Le pidió a una de las monjas la dirección con la excusa de que tenía que devolverle un libro que le había prestado cuando el grupo aún se reunía. La obtuvo sin problemas y esperó.
Los días parecían hojas de un árbol, que caían lentamente. Gina se desesperaba, nunca había esperado con tantas ansias su cumpleaños. A fin el día y luego de soplar las velitas del pastel rosado que su madre le llevó a la cama y de aguantar las bromas de su hermano, puso rumbo hacia la casa de Samantha. Estaba lejos, pero caminó a pesar del frío y la nieve, para calmar sus nervios. Ya tenía pensado lo que diría y cómo lo diría, imaginaba que Samantha le diría que ya lo sabía y que la besaría y que todo sería felicidad. Juntas le harían frente al mundo y lo disfrutarían, ella ya no tenía problemas ni culpas.

Llegó a la casa y con el corazón en la boca, tocó timbre. Se abrió la puerta y, para su sorpresa, un hombre alto, apuesto, con un niñito en brazos, le sonrió.
-¿Sí? –preguntó sin borrar su sonrisa.
-Buscaba a…Samantha Smith. ¿Es de por aquí?
-De aquí,sí. ¿Eres una alumna? Mi esposa no está, pero puedes venir en una o dos horas, salió a hacer compras.
-No…no sabía que era casada.
-Ja, es que no estamos casados. Pero no se lo digas a las monjas –rió.  
Hasta ese momento, Gina nunca había sabido que el mundo podía derrumbarse en tan sólo un segundo, con unas pocas palabras. Agradeció como pudo y se alejó de allí corriendo, conteniendo las lágrimas.

La vida de Gina, otra vez, volvía a no tener sentido.









miércoles, 15 de enero de 2014

Confesiones de una naranja

Hola, soy tu naranja. Me has comprado en la verdulería del “bolita”, como solés llamar al boliviano que trabaja todo el día juntando fruta y vendiéndola. Yo estaba ahí, en ese cajón. Hacía calor. Un perro  me abanicaba con su cola peluda, pero después se fue detrás del carnicero. Y llegaste vos. Dijiste “Deme un kilo de naranjas” y el verdulero se acercó al cajón, agarró a unas cuantas de mis hermanas y a mí. Podría haberme dejado, no me llevo bien con mis hermanas, son muy engreídas, se creen las mejores naranjas desde que estábamos en el naranjo de Tucumán. Porque soy una naranja tucumana, ¿sabías? No, qué vas a saber. Bué, la cuestión es que me agarraron a mi también, me metieron en la misma bolsa que a mis hermanas y nos pesaron. Un kilo justito, mirá qué calidad. Después me paseaste por la vereda, compraste pollo, pobre pollo, compraste algo en la farmacia, te pesaste y te quejaste porque subiste unos kilos, y bué, qué se le va a hacer, fin de año te hace engordar, o eso escuché por ahí. Después llegamos, linda casa la tuya, un primor de cocina. Nos acomodaste en una frutera y nos expusiste, orgulloso en la mesa, como si fuéramos la gran atracción. Mis hermanas estaban locas de contentas, el estrellato con el que tanto soñaban, al igual que las primas, esas que un chico agarró para hacer malabares en la esquina, terminan mareadas ero todos las ven y encima pagan. Mirá, incluso nos lustraste, ¿viste qué brillo? Nunca me hubiera imaginado, allá en mi planta de Tucumán, que después del viaje que me tuve que comer, con esa acalor, en ese camión, el camión se rompió, después esa bajada violenta en el mercado central, después otra vez al camión hasta la verdulería, ah…insoportable. Como te decía, nunca me hubiera imaginado, que iba a terminar acá. Já, qué lujo.
Ahora veo que me has obsequiado algo lindo, te comiste a mis hermanas. ¿Qué, te sorprendés? Yo lo sé todo, te las comiste, pero mirá, ni me molesta porque ya te digo, eran unas pesadas. Me siento bien, cómoda, reinando en tu frutera.

No pensarás comerme, ¿no? ¡Soy tu naranja! Recordá que sabés mucho de mí, pero que yo también sé mucho de vos, como las miraditas a la mucama cuando tu mujer anda cerca. ¿Que si es un chantaje? Totalmente, soy una naranja, pero no soy tonta. ¿A que ahora no te animás a comerme?
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